El Séptimo Velo. Juan Manuel de Prada.
Como una vela que se consume. Pero entre los avisos de consunción brotó el recuerdo de Lucía; no es que la hubiese olvidado, pero durante aquellos meses el amor que le profesaba había sido devorado por el mismo vacío que había aniquilado su vitalidad. Poco a poco aquel recuerdo ssepultado entre los escombros de la conciencia empezó a brillar, como un oro que refulge en la oscuridad. Al principio, la supervivencia de ese recuerdo le causó extrañeza; la misma extrañeza que al paralítico debe de causarle comprobar, una mañana cualquiera, que el miembro tullido e inmóvil empieza a rebullir de súbito. Superado ese estupor inicial, descubrió que podía recordarla voluntariamente, hasta que ese recuerdo de hizo idea fija, de tal modo que ni siquiera voluntariamente lograba olvidarla. Ahora que ya sabía que su familia había sido atrapada en las fauces de esa nada que infectaba el aire con sus miasmas, el recuerdo de Lucía se irguió como un último asidero que exortizaba el acoso de la muerte: se sorprendía constatando que ese recuerdo,lejos de atenuarse con el paso del tiempo, se hacía más pujante y nítido, y a fuerza de pensarlo y repensarlo llegaba a superponerse al vacío del universo. También se sorprendía constatando que ese recuerdo invasor empezaba a ramificarse en otras expresiones sensibles: recordar a Lucía anestesiaba su dolor, pero también avivaba su rencor hacia Jules. A veces sus insomnios tenaces,se descrubrió deseando calamidades al hombre que se la había arrebatado, el hombre que él mismo había salvado de la muerte. Comprendió que también el odio es una manifestación de vitalidad.
Pensó que, lograba transformar ese torrente venenoso en efuciones fecuandas, tal vez lograría redimirse. Por entonces en la prensa se empezaban a publicar testimonios de supervivientes que había regresado a Francia, tras un penoso peregrinaje por las geografía alucinadas del exterminio. A André nunca dejó de admirarlo que aquellas personas d esposeídas, pisoteadas, amputadas de sus seres queridos, aún tuviesen arrestos para recomponer los anicos de su espíritu y seguir orgullosamente viviendo. Decidió que ese acto supremo de heroísmo merecía su hmenaje, un homenaje modesto, seguramente insignificante ante el tamaño de su epopeya. Así se le ocurrió fundar un centro de documentación o archivo sonoro que recogiera aquellos testimonios, una enciclopedia de voces que perdudara el crepitar de unas almas arrojadas a la hoguera y sin embargo triunfantes, enaltecidas por una fuerza superior a ellas mismas.. Era una empresa vasta como el océano; pero André la acometió con el ímpetu de un navegante primerizo, con esa aportación de entusiasmo que le proporcionaba la conversión de sus aflicciones en impulsos generosos.
Podía evocar con nitidez aquellos juegos vespertinos. La vigilancia de Lucía no lograba evitar que me revolcase en la arena, que me pegara algún trompazo, que me enzarzara en una pelea de mojicones y patadas en las espinillas con algún compañero de clase. Lucía sólo participaba de estar charlas de una forma desvaídamente cortés, como quien acepta una vianda insípida por no desairar a su anfitrión.