Animales de compañía, por Juan Manuel de Prada
Uno sabe que ha entrado en Recoleta, el barrio más distinguido de Buenos Aires, porque de repente los portales de las casas cobran un aspecto ampuloso, con algo de foyer de ópera y algo de cámara mortuoria. Porteros rigurosamente trajeados rumian su aburrimiento viendo caer la lluvia monótona y cursiva que acribilla la primavera bonaerense. Hay en los portales de las casas de Recoleta una luz de ópalo que se retrata en los espejos e incorpora al mármol una tonalidad tibia, como de un lujo adormecido o hastiado. Voy paseando por las calles de Recoleta y me asomo al interior de estos portales presuntuosos, con esa misma perplejidad asombrada y un poco envidiosa con que un niño se asoma al escaparate de una confitería, después de una merienda frugal. Los portales de Recoleta, abrillantados como templos de los que hubiesen desertado las imágenes, silenciosos y herméticos como cajas de caudales, incorporan un mobiliario escueto que los hace aún más suntuosos y antipáticos: mesas lacadas de patas finísimas, divanes que nunca fueron ofendidos por el gravamen de un culo proletario, arañas que lloran una luz con vislumbres de piedra preciosa. En su mezcla de opulencia y severidad, estos portales parecen proclamar su desdén hacia quienes nunca pisaron su suelo; en su respeto por los cánones del clasicismo, parecen esconder un repudio del caos que se respira en los arrabales de la ciudad. Hace mucho tiempo que Buenos Aires dejó de ser aquella ciudad rebosante de riqueza que fue antaño, por eso el esplendor de los portales de Recoleta resulta aún más injurioso o lacerante, porque se erige como un dique frente a la marea de la pobreza que se cierne afuera, con los cuchillos del rencor desenvainados.
Hubiese querido poder levantar los tejados de estos edificios, como aquel diablo cojuelo, para atisbar la vida íntima de sus pobladores, con su ejército de mucamas tristes o sumisas, sus boatos inútiles o protocolarios, sus desolaciones secretas que sin duda los asaltarán hacia el final de la tarde, cuando el cielo se pone cárdeno sobre Buenos Aires y en el aire se respira el perfume corrompido de la muerte. Siguiendo el rastro de ese perfume, camino hasta el cementerio de Recoleta, gran muestrario de vanidades pretéritas. Los mausoleos de mármol se alinean como ejércitos unánimes y sigilosos, devanados en su loco empeño de descollar por encima del vecino. Algunos aspiran a emular la serena beatitud de los templos dóricos; otros se aguzan de pináculos, en un arrebato de goticismo histérico. En la mayoría, abandonados por unas familias que perdieron las ganas o la memoria necesarias para venerar a sus difuntos, trepa la invasora yedra y crece el verdín entre las grietas excavadas por la humedad. Algunos mausoleos incorporan grupos escultóricos, con estatuas en actitudes luctuosas sobre las que crecen los helechos de la desidia; otros exhiben epitafios de bronce a los que el tiempo ha otorgado una calidad de inscripciones en la arena, porque los nombres que registran hace muchos años que dejaron de significar algo.
Un cónclave de gatos infesta el sótano de un mausoleo desvencijado, profanando con sus maullidos el silencio horizontal de los ataúdes, cuya madera se ha ido resquebrajando, bajo el asedio de esta lluvia monótona y cursiva que borra con sus dedos afiladísimos el esplendor de un tiempo que ya se fue. Voy paseando por las veredas abiertas en este cementerio y me asomo al interior de estos mausoleos presuntuosos, con ese mismo estremecido desaliento con que el viejo amante contempla la decrepitud de la mujer que amó en su juventud, cuando la belleza aún no había desamparado sus facciones. Por un segundo, tengo la impresión de estarme asomando a los portales del barrio de Recoleta. Sin necesidad de levantar sus tejados, ya sé lo que se esconde detrás de tanta opulencia: la tenaz, igualatoria e inapelable muerte.