LA VENDEDORA DE GLOBOS 10 / La egue
DEDICADO A CHEMA SARMIENTO
Una vez le dije yo al director de la Fundación Villalar, un amigo, que si me hacía el favor de enviarme una copia de El Filandón de Chema Sarmiento, y me dijo que sí, que inmediatamente.. Otra vez, en Barcelona, cuando le dieron el Planeta por El año del wolfram a Raúl Guerra Garrido, le hice una entrevista y una reseña para el periódico en el que trabajaba. Yo, no él. Otra vez, el viejo periodista Florencio de la Lama Bulnes, paisano mío y hasta algo pariente, me oyó hablar de Beato de Liébana y me dijo: “La biografía de Beato hay que hacerla, porque no está escrita y tienes que hacerla tú. No lo pierdas de vista”. Yo le contesté: “Será una novela”. Y la tengo “hecha” aquí arriba, donde los pelos no tienen más remedio que peinar con otro estilo, tirando ya más al minimalismo; de verdad de verdad y siendo completamente honesto, sólo he escrito algunos pasajes de la novela del Beasto. Si algún día ve la luz, intuyo que será. “mi” novela, el libro de madurez, la revelación santa. (Me engaño a mi mismo con este proyecto con el que llevo a cuestas años y años y que me tiene lleno de ilusión y de perezas).
Pero aún diré más. El tema de los cátaros me tiene también embelesado. No hace mucho recorrimos Marga y yo el territorio, pero ya desde niño mis meninges andan rondando con afán literario esta canción. Creo que desde aquellas noches en las que el padre Cura nos relataba las fatigas de Nuestro Padre Santo Domingo, mis queridos apostólicos, y de alguna manera consiguió que todos nosotros nos consideráramos descendientes del Languedoc y de la Edad Media. No sé si estarás de acuerdo, pero aunque seamos del Bierzo, de Liébana , de Navarra, o de la Tierra de Campos, pienso que nosotros “venimos” específicamente de Prouille, (¿se escribe así?), de Carcasona, de Montpellier, de Albi, de Montsegur, de Toulouse y de aquellos terribles acontecimientos que a tantas cosas dieron principio y fin. Ellas forman parte de nuestro universo simbólico originario.
Tengo la convicción –literaria convicción y por consiguiente, libre - de que en Languedoc y Provenza, Nuestro Padre Santo Domingo, mis queridos apostólicos, ya era un santo sí, pero un santo joven, con mucha mili por delante. Un santo que anduvo allí en no muy buenas compañías. Simón de Montfort, su amigo, sin ir más lejos. Por eso, por todo lo que vivió allí, - es un pensar mío, literario y libre- cuando se hizo mayor, más o menos como yo de mayor, el hombre no encontraba postura ni para rezar. Ante Dios, vivía torturado. Y no era para menos, porque había visto morir de forma horrenda y prácticamente por nada a muchos hijos de Dios. Muy serio, muy humano, muy profundo me parece a mi este hombre, ya de mayor.
Quiero decir, compañero Chema Sarmiento: Tú y yo compartimos un mundo común de intereses. Tú has materializado en arte de gran belleza asuntos que para mí no pasan todavía de ser futuribles. Y a lo mejor se quedan en eso. En cuanto a estímulos para el trabajo, veo que hemos sido ríos paralelos sin saberlo. Pero con una diferencia: el tuyo ha regado y el mío se está escurriendo poco a poco a la desembocadura – que es el morir- sin darme cuenta de que, en cosas como ésta, no vale con llevar agua dentro, hay que volcarla. Por eso, creo que la tortilla se ha dado la vuelta y ahora soy yo quien te admira y casi no debiera atreverme a dirigirte la palabra.
Porque es que me ha dejado boquiabierto lo que me cuentas de cuando éramos chavalines. ¿Cómo es posible que alguien como tú “no se atreviera” a dirigirte a mi? Alucino. Lo que no me extraña nada es mi elogio a tu buena pronunciación. De hecho, siempre pensé que eras de Valladolid.. Y es que yo pronunciaba fatal, no sé si recuerdas. Me era imposible la r fuerte. La tenía atragantada. No sé si guecuerdas. De hecho fue un motivo de tortura interior, un cilicio incorporado, en aquella tierra de mortificaciones, porque a pesar del cariño que tanto compañeros como maestros me tenían, mi egue les daba un motivo inevitable para gueírse un poco de mi. Al menos, yo así lo veía.
De hecho, yo escribía mucho, pero procuraba no leer lo escrito. Hasta una vez que le eché cojones a la cosa y no dije que no al ofrecimiento de presentar una guepresentación en el teatro a suerte o muerte. Eso sí, querido Sarmiento, mi amigo futuro, con quien es posible que me tome un café en Montmartre en los próximos días. Cuando escribí la presentación de la guepresentación, me pre-ocupé pre-viamente de que en ninguna de las dos caras del escrito tuviera presencia la maldira egue. ¡Ni una sola egue¡ Y como dice una inscripción sobre la puerta de la casa de de los Rábago, del siglo XVIII que hay en mi valle, “el que quiera saber lo que cuesta, que haga otra como ésta”.
Manolo, ¿de verdad la Cepeda escribió eso de que los sermones largos hacer mover el culo?