martes, 03 de julio de 2007
Publicado por Salazara72 @ 0:14
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Ese humo raro que se mete detrás de los ojos. Ese escozor. La tea humeante. El fuego. El olor del fuero en sus cabellos. Ella ya ardió una vez. La memoria de la piel. El picor de las llagas. Se aleja. Será mejor dar la callada por respuesta. Vuelve entre las tumbas, arrastra la campana de trapo. Todas las faldas de la vida.
Esto, las piras de libros, no forma parte de la memoria de la ciudad. Está sucediendo ahora. Así que esto, el arder de los libros, no sucede en un pasado remoto ni a escondidas. Tampoco es una pesadilla de ficción imaginada por un apocalíptico. No es una novela. Por eso el fuego va lento, porque tiene que vencer las resistencias, la impericia de los incendiarios, la falta de costumbre de que ardan los libros. La incredulidad de los ausentes. Bien se ve que la ciudad no tiene momoria de ese humo perezoso y reticente que se mueve en la extrañeza del aire. Incluso tiene que arder lo que no está escrito. Alguien acarrea desde la oficina municipal de turismo mazos de folletos con el programa de las fiestas "carne fresca" es la expresión, quizá en referencia a la bañista que aparece en la portada junto a la leyenda Clima ideal y blson oficial de la villa, el faro con un libro abierto en lo alto que, al mismo tiempo, hace de lámpara que irradian los destellos de luz. Todo eso va a arder lentamente.
La República, de Platón.¡Ya era hora¡ ¿Y éste? La enciclopedia de la carne¡ ¡Puaf¡.


Cuando recuerda la quema de los libros todo se le reproduce con precisión sensorial. Tenía aquella perspectiva total, aérea, desde la terraza. Pensaba que estaba bien escondido, el lugar perfecto para un espía. Llegaba el olor, pero apenas el humo. Eso era algo que llamaba la atención. La permanencia del humo de los libros en el lugar de los hechos. Él estaba estudiando la reacción de las personas, ése era su centro de interés. Tenía que escribir un artículo y pensaba hacerlo sobre el arte de andar. Así que consideró aquel lugar como un observatorio. Se fijó mucho en los movimientos decididos, lineales, jerárquicos, de los incendiarios y en aquellos tan distintos de las personas que se encontraban con aquello por sorpresa. Cómo el asombro apuraba su paso o les hacía trazar rumbos extraños, curvos, furtivos. Sí que se distinguía el andar del miedo. Sí podría contarlo con toda exactitud, pero no puede escribir sobre ello. Quizá esa idea, la del artículo sobre las maneras de andar, surgió después. Una estrategia de la imaginación para olvidar. Porque ahora lo recuerda de otra forma. Con esa exactitud encarnizada. Llegaba aquel olor resinoso, en lentas volutas, pero una buena parte era una humareda obstinada y espesa que permanecía en volúmenes perezosos. Ahora se daba cuenta de lo que sucedía. Algo que nunca había pensado. El humo tenía formas. Estaba modelando escenas, personajes, paisajes.
Había algo vengativo en esa melancolía. No lo podía contar. Los incendiarios, los expoliadores, estaban ahí. Mandaban en la ciudad. Su jefe era el Jefe del Estado.
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