Peor suerte corrió Fidel, enviado al campo de concentración de Saint-Cyprien, uno de los muchos fundados en las playas del departamento de los Pirineos Orientales. Aunque designar “campo de concentración” a un arenal de varios kilómetros de extensión, donde llegaron a congregarse hasta cien mil hombres, cercados por alambradas de púas y sin un míseo barracón donde guarnecerse, quizá no baste para compendiar el horror de aquel paraje inhóspito. Puesto que el gobierno francés, como los demás gobiernos democráticos europeos, por lo demás_jamás había declarado oficialmente la legitimidad de la República española durante los años que había durado la contienda civil, los exiliados carecían del estatuto de refugiados. No podían acogerse a la protección de los convenios internacionales, ni invocar la salvaguarda de la Sociedad de Naciones; debían conformarse con languidecer a la intemperie, como corresponde a un “hatajo de indeseables”. En Saint-Cyprien, desde luego, el trato que recibieron no desmereció el agrio calificativo de Daladier: a su llegada al campo, los guardias móviles se encargaron de despojarlos de las escasas pertenencias de valor que aún pudieran conservar; durante los primeros días de confinamiento, expuestos a los rigones del invierno y sin un mendrugo de pan que llevarse a la boca, muchos murieron de frío e inanición; en las semanas sucesivas, las defunciones por tifus y disentería, propagados a través del agua salobre que los prisioneros se veían obligados a beber. Diezmarían aún más a la población del campo.
El gobierno francés quiso aprovechar la coyuntura para librarse de aquella enoja multitud de parias. Con la complicidad de las autoridades republicanas en el exilio, incitó a la repatriación a los españoles que no hubiesen ostentado ninguna responsabilidad política durante los años de la contienda ni estuviesen implicados en delitos de sangre. Casi un tercio de los refugiados picaron el anzuelo que se les tendía; diariamente abandonaron el campo miles de incautos, custodiados con insólita deferencia por gendarmes que los depositaban en los trenes con destino a Porbou. El recibimiento que les aguardaba en España distaba mucho del que les habían pintado idílicamente los irresponsables dirigentes republicanos: algunos fueron ejecutados, otros dieron con sus huesos en la cárcel, los más sobrellevaron desde entonces una existencia sojuzgada y oprobiosa. Pero los irresponsables que los habían devuelto al matadero, los mismos irresponsables por cierto que previamente los habían embarcado en una guerra perdida de antemano,utilizaron aquel episodio luctuoso para aureolarse de victimismo ante la comunidad internacional, como sie llos hubiesen sido los mártires.
La tragedia de Fidel, como la de tantos españoles de orden que repudiaban por igual la deriva revolucionaria de la República y el nacionalcatolicismo franquista ya la había compendiado siglos atrás Francisco de Aldana en su soneto memorable: “ El ímpetu cruel de mi destino/ ¡cómo me arroja miserablemente/ de tierra en tierra, de una en otra gente,/ cerrando a mi quietud siempre el camino¡”. En los atardeceres de Saint-Cyprien, ante el mar inmóvil y dordo que se extendía ante su mirada como una barrera más infranqueable que las alambradas de espinos, Fidel se atrevía a solicitar a Dios que su destino sin quietud no se extendiese a su hija.
El amor no siempre es alegre, pero había sido su refugio en aquellos días oscuros como osumideros, pútridos como letrinas, en que ambos habían creído estar a punto de sucumbir, mientras la luna del miedo alumbraba aquel cementerio habitado por un millón de muertos. Lucía prefería la noche para el amor, su sigiloso reverbero, esas horas a oscuras en las que parecía ahondarse el silencio. Jules, en cambio, reclamaba para el amor las primicias de la mañana, esos minutos en que la palidez del alba escruta las tinieblas, limpiando sus crímenes. Apenas sentía la caricia lustral de esa primera luz filtrándose entre las rendijas de la persiana, Jules no resistía la tentación de aspirar el olor todavía dormido de Lucía, una fragancia de pajar donde germina el heno, y la acurrucaba contra sí, hasta sertirla como una arcilla tibia que se adaptaba al molde de su propio cuerpo. Dormían pegados el uno al otro, incrustados el uno en el otro; y , aunque los movimientos nocturnos a veces los despegaban, enseguida volvían a buscar su mutuo abrigo, como se buscan la mano y el guante, el perno y la bisagra, la piedra y el liquen. Nunca estaba tan hermosa Lucía como cuando dormía; el vientre como un pan cálido y candeal, al arpa de las costillas esculpiendo su bajorrelieve en la piel, los senos agazapados como volcanes mansos, el cuello comoo una horma en la que Jules gustaba de encajar su mentón, para rescatar el latido de su sangre, ese venero subterráneo. Jules se apretaba contra ella, como el escultor se aprieta contra la estatua que está esculpiendo, para enegarse en su misma temperatura, para sentirla vulnerable como él mismo, barro de su mismo barro, y restregaba su rostro contra su melena revuelta, mientras aspiraba el olor de su piel, un olor matinal de establo limpio, de horno todavía tibio, de sudor convaleciente y ovulación con una décimas de fiebre. Se incorporaba sobre la cama para contemplar aquella armonía frágil, el diápason apacible de su sueño, y alargaba una mano para acariciarla sutilísimamente, con esa delicadeza que empleamos para apartar la nata de un cuenco de leche humeante. Al sentir esa caricia que de repente adquiría una dureza recóndita, emitía un ronroneo ininteligible, pero enseguida volvía a sumirse en la inconsciencia, como la leche vuelve a cubrirse con una capa de nata cuando volvemos a calentarla.
Jules insistía entonces, escindido entre el deseo que lo inundaba con los clarores del amanecer y el remordimiento de despertarla. Lucía farfullaba entre sueños palabras estoposas, inacabadas, que se quebraban como un reloj de arena, resistiéndose a despertar del todo, resistiéndose a abandonar esa madriguera de sopor que tan dulcemente la mantenía presa. Jules seguía insistiendo, ganado por el deseo, la acariciaba con menos remilgos, buscaba con los labios y la lengua el rastro salobre que la noche había dejado en su piel, y Lucía se dejaba hacer, gozosamente bautizada por su saliva, se dejaba besar y moldear por las manos de Jules manteniendo una hipócrita apariencia de languidez, esa pasividad que en el fondo consiente el asedio del amante, aunque finja rechazarlo. La insistencia de Jules al fin obtenía resultado, al fin rendía el baluarte de su sueño, y durante los minutos que duraba su mutua entrega dejaban ambos de llamarse Lucia y Jules, dejaban de tener un solo nombre para tener todos los nombres del nundo, herido por una misma luz blanca, traspasados por un mismo fuego que los fundía en la íntima unidad del universo; y alcanzaban a comprender, en la fulguración de un instante, que todo era una misma cosa: muerte y vida, posesión y pérdida, pasado y futuro, todo giraba en un mismo carrusel ebrio de eternidad y en el vértigo de ese giro llegaban a creerse inmortales, indestructibles como la mañana que ya se posaba rendida en las sábanas.