miércoles, 27 de junio de 2007
Publicado por Salazara72 @ 0:11
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Amontonados como prendas indignas, como zapatos huérfanos de dueño y viudos de par que estuvieron de modo hace varios años y ahora parecen artefactos inexplicables, los libros que nadie ha querido leer vuelven en temporada de rebajas a las estanterías de los grandes almacenes, y uno que no entró allí para comprar nada, sino para aliviarse fugazmente del calor en el mediodía de agosto, los ve de lejos y tiene la tentación inmediata de eludirlos, como si le trajeran mala suerte, igual que esos desdichados que fracasaron en todos los empeños de su vida y van dejando por dondequiera que pasan el virus contagioso del infortunio. Vuelven siempre a aparecer por estas fechas, apilados de cualquier manera bajo una invariable luz blanca que acentúa su carácter de mercancías fracasadas y ni siquiera les conceden el derecho a permanecer cerca de los otros libros, los que figuran en las listas de best sellers, sino que los confinan junto a los discos de orquestas de música ligera y agrupaciones folclóricas que llevan años dando tumbos sin ninguna esperanza por los anaqueles de todas las rebajas, esos discos de fundas gastadas que nadie ha oído nunca y que nadie se explica por qué razón fueron grabados, quién, en un rapto de optimismo patético, decidió que alguien los compraría alguna vez.
En ese vecindario lamentable los libros pierden la dignidad tan rápidamente como un funcionario modelo que al calor de las malas compañías se da a la bebida y a la holganza, y los pocos curiosos que se detienen a mirarlos los tratan sin atención ni respeto, los revuelven como en el desorden de una chamarilería y luego les dan la espalda sin llevarse ninguno, aunque hay entre ellos obras maestras y éxitos relumbrantes de hace dos o tres años, y algunos hasta fingen la encuadernación en piel y las letras doradas de esos libros eternos que amueblan con tanta severidad y solvencia una pared de comedor. Pero parece que están malditos, que repelen incluso a los más afanosos y desinteresados buscadores, y aunque hay grandes etiquetas que auncian su precio irrisorio, comparándolo invitadoramente con el que ostentaron en tiempos mejores, nadie se anima a llevarse ni uno solo de llos, y de pronto un día desaparecen y no los vemos más. Será entonces que los han condenado al último círculo de la inexistencia y la vergüenza, a ser picados y presnsados hasta convertirse en pulpa sucia de papel, en material originario para otros libros futuros que tal vez surgirán un día en los esparates y lentamente irán derivando, con la gradual indignidad de las familias en quiebra, hacia un destino de almaneces del extrarradio con tejados de uralita y de furgones de segunda mano donde los embalarán y los manejarán como si ya no fueran libros, sino saccos de patatas o de trapos viejos, papel gastado y olvidado.

Para curarse la vanidad, esa dolencia imprudente que no siempre sabe padecer en secreto, un escritor no intoxicado irremediablemente por ella debe visitar de vez en cuando las rebajas de los libros que nadie quiere ni recuerda, venciendo el miedo a encontrar alguno de los suyos: dicen los expertos que el papel en que ahora se imprimen los libros es tan malo que en menos de cien años no quedará de ellos ni un residuo de polvo. Si el olvido es el destino común, llegar cuanto antes a él sin duda será un alivio, casi un amargo privilegio.
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