Hoy es sábado. Las gentes salen de la ciudad por los caminos de la tarde. Bajo mi ventana, una larga fila de coches toma la carretera que conduce a la sierra, al aire fresco de la sierra, a los árboles de la sierra que ya sienten la caricia suave y dorada, un poco melancólica, del otoño retrasado. Desde hace varias horas trabajo con la cabeza inclinada sobre la mesa, la pluma en la mano cansada. Siento en los párpados el plomo de la fatiga y en el estómago algunas punzadas de hambre, pero el café con leche de la media tarde se me ha quedado frío al norte de los papeles que llenan la mesa de trabajo.
Jamás logro ver mi mesa de trabajo desierta de papeles. Los papeles llegan en oleadas. Después de varias horas, el oleaje de papel se retira como una marea; pero entonces llegan nuevas y nuevas oleadas. Hay que volver a empuñar la pluma. Esta pluma que es como una prolongación de mi mano derecha. Esta pluma que está atada a mi mano derecha por el hilo de la costumbre. Entre los montones de papeles hay uno especialmente emocionante para mí. Son felicitaciones. Nombres importantes y nombres oscuros, nombres de siempre y nombres de antaño, nombres de todos los días y nombres de los años de mi juventud, de mi adolescencia, de mi niñez. Todos estos nombres pasan por delante de mis ojos y ellos son como un resumen conmovedor de mi propia vida. Contesto estos papeles, uno a uno, con mi letra anárquica y apresurada, con la rapidez nerviosa que nos da el oficio.
Escondido entre los papeles cordiales y entrañables hay uno anónimo. Una gota de amargura entre tanta alegría. Alguien, a quien no sé si conozco, que no me muestra su rostro ni me dice su nombre, se siente dolido por mi gozo y mi satisfacción de estos días. Alguien a quién tal vez yo no haya hecho daño alguno en mi vida. En ese papel anónimo me llegan frases despectivas, hirientes y punzantes, que me duelen porque no creo merecerlas. Tal vez suceda que mis lectores y mis amigos me tienen tan acostumbrado al elogio benévolo, que me duelo un poco más de la cuenta cuando alguien me dirige desprecios o improperios. Al fin y al cabo, la vanidad es la única cosecha que recoge, a veces, ese pobre sembrador de palabras que es el escritor.
Pero entre todos esos desprecios que he leído con dolor, hay una frase que quiere recoger, y no sólo recoger, sino exhibir, como un honor y privilegio. No podría imaginar quien la ha escrito que iba a traerme tanto contento y tanto orgullo. Mi anónimo comunicante me llama: ¡Esclavo de la Pluma¡
¡Qué altísimo improperio¡ ¡Qué enaltecedora humillación¡ ¡Qué honroso y gravoso título¡ ¡ Pués claro que soy un esclavo de la pluma¡ Con la pluma en la mano me acuesto y con la pluma en la mano me levanto. Para tomar entre los dedos el tenedor o el periódico, para encender el cigarrillo o para estrechar la mano de un amigo, para acariciar las mejillas de mis hijos o para pasar la palma por la frente fatigada, tengo que soltar la pluma. Tengo plumas en la mesa camilla del cuarto de estar de mi casa, en la mesita de noche de mi alcoba. Dejo posar la mano sobre cualquier lugar de mi costumbre, y allí encuentro una pluma. ¡Pues claro que soy un esclavo de la pluma¡ Me gano la vida con el sudor de la pluma, que diría el pobre César González Ruano, que vivió siempre de escribir, y se murió de escribir y se murió escribiendo.
Hay escritores que son señores de su pluma. Llevan su pluma por donde ellos quieren, mandan en su pluma y encuentran siempre el nombre justo y el adjetivo exacto y el renglón derecho. Yo, apenas mando en mi pluma. Quiero hacer las letras iguales y correctas, y me salen signos oscuros y garrapatos. Quiero escribir renglones derechos como una espada y se me cae la mano en el cansancio. Quiero escribir palabras claras como el agua de los arroyos, y me salen borrones de tinta. Y ni siquiera tengo la seguridad de que acierte alguna vez a escribir una palabra bella, ni una idea justa, ni un verso transparente. A veces,casi siempre, es mi pluma la que me lleva la mano torpe y débil. Soy un esclavo de ella, que me manda, que no se me cae de entre los dedos, que me hace decir cosas que yo querrías decir más sencillamente, más tiernamente, más caritativamente, más limpiamente.
Mi pluma es mi tirano y mi baldón, pero es la única gloria que tengo, la única propiedad que tengo. Y quiero seguir siendo esclavo de ella porque el día en que me falte su tiranía me quedaré hueco y sin sentido, y no seré nada. No seré nadie. Gracias amigo anónimo. Gracias por haberme dado un título que yo quisiera poner como resumen de mi vida, sobre mi tumba.