Leon Grrenman. Interno Judío británico, Auschwitz-Birkenau.
Nos echaron del tren y nos dejaron ahí esperando. Debían ser las dos y media de la madrugada. Estaba oscuro y una luz azul pálido brillaba en el andén. Vimos a unos cuentos hombres de las SS paseándose arriba y abajo. Separaron a los hombres de las mujeres. Así que yo estaba a la derecha al frente de los hombres y podía ver a mi esposa ahí con el niño en brazos. Me lanzó un beso y me mostró al bebé. De pronto, una de las m ujeres corrió desde donde estaba hacia su esposo, histérica. Tal vez intuyó algo. A mitad del recorrido fue interceptada por un oficial de las SS que la golpeó en la cabeza con la porra. Ella cayó al suelo y él le pateó el estómago. Luego, un prisionero con uniforme a rayas nos ordenó seguirle. En fin, giramos a la izquierda y recorrimos un breve trecho durante dos o tres minutos. Llegó un camión, se detuvo cerca de nosotros, y en el camión estaban todas las mujeres, niños y bebés, y en el centro estaba mi esposa de pie con el niño. Estaban de pie bajo la luz, como hecho a propósito para que yo pudiera reconocerlos. Una imagen que no olvidaré nunca. Se suponía que todas esas personas tenían que ir al baño a limpiarse, comer y vivir. Pero en lugar de eso tuvieron que desnudarse y entrar en las cámaras de gas, y dos horas más tarde aquella gente se había convertido en cenizas, incluidos mi esposa y mi hijo.
Zdenka Ehrlich. Joven checa,Auschwitz-Birkenau.
El ambiente a mi alrededor era de absoluta conmoción, había gente gritando y llorando, había niños, perros, guardias pegando a todo el mundo en la cabeza y gritando: ¡Fuera, fuera, fuera¡. Cuando todos salimos de los vagones nos colocaron en una columna larguísima y nos hicieron avanzar. No era una estación, no había andenes, sólo esas barracas, la alambrada, ningún otro sitio adonde ir... era realmente el fin del trayecto. A la derecha estaban esas criaturas con andrajos, y mujeres desnudas, y pensé. ¿ qué están haciendo aquí? Yo nunca seré como ellas. Entonces ví a unos hombres en el otro lado con ropa a rayas. Y en medio, lo único que hacías era intentar esquivar a los guardias, las porras,y los perros. Así que te quedabas dentro de la columna y avanzabas. Te llevaban como en una avalancha, a lo largo de una milla más o menos. Luego, tres hombres uniformados, los uniformes eran impecables y sus botas brillaban como espejos. Nunca olvidaré la impresión que me causó el hombre del centro, el doctor Mengele, cuando le eché un vistazo; era muy apuesto. Su rostro no era nada amenazador, sino más bien...no era benévolo, pero tampoco amenazador. Recuerdo lo relucientes que eran sus botas; iba absolutamente inmaculado. Llevaba puestos guantes blancos, no exactamente como un guardia de tráfico, sino como signo de distinción e importancia. Levantó la mano mientras miraba a toda la gente que iba pasando por delante de él y solo hacía un gesto muy suave, un gento muy leve y decía; Derecha, izquierda, izquierda, derecha...
Nos pusieron en una inmensa habitación para contarnos; cinco, cinco, cinco...Inmediatamente después, una mujer con una fusta nos arrojó a la siguiente habitación, donde había montañas, pero montañas de harapos. Ropa que nunca se había visto, ni siquiera en el vestidor de un teatro; a Fellini le hubiera encantado tener la imaginación para reunir las cosas que vimos. Detrás de cada una de esas montañas de harapos había un guardia, una mujer guardia, siempre con una fusta. Teníamos que correr a ponernos ahí delante, ella agarraba algo y te lo lanzaba. La siguiente pila era de zapatos, de hombre, de mujer, todos juntos. Cogían un par y te lo arrojaban. Así yo acabé con el atuendo más estrafalario que se pueda imaginar; me dieron un vestido de baile verde oliva de un material ligero con perlas y con los bajos irregulares, parecía sacado de una obra de Chejov o Dostoievki y un abrigo corto que seguramente habría pertenecido a una niña de diez años y unos zapatos que me salvaron la vida. Era un par de zapatos de hombre de salón de baile, de charol negro, grandiosos. Con esta vestimenta salí de aquel edificio y con ella sobreviví a la guerra.